sábado, 31 de octubre de 2026

El alacrán de fray Gómez

El alacrán de fray Gómez por Ricardo Palma

I
Éste era un lego contemporáneo de don Juan de la Pipirindica, el de la valiente pica, y de San Francisco Solano, el cual lego desempeñaba en Lima, en el convento de los padres seráficos, las funciones de refitolero en la enfermería u hospital de los devotos frailes. El pueblo lo llamaba fray Gómez, y fray Gómez lo llaman las crónicas conventuales, y la tradición lo conoce por fray Gómez. Creo que hasta en el expediente que para su beatificación y canonización existe en Roma, no se le da otro nombre.
Fray Gómez hizo en mi tierra milagros a mantas, sin darse cuenta de ellos y como quien no quiere la cosa. Era de suyo milagrero, como aquel que hablaba en prosa sin sospecharlo.
Sucedió que un día iba el lego por el puente, cuando un caballo desbocado arrojó sobre las losas al jinete. El infeliz quedó patitieso, con la cabeza hecha una criba y arrojando sangre por boca y narices.
—¡Se descalabró! ¡Se descalabró! —gritaba la gente—. ¡Qué vayan a San Lorenzo por el santo óleo! —Y todo era bullicio y alharaca.
Fray Gómez acercóse pausadamente al que yacía en tierra, púsole sobre la boca el cordón de su hábito, echóle tres bendiciones, y sin más médico ni más botica el descalabrado se levantó tan fresco, como si el golpe no hubiera recibido.
—¡Milagro, milagro! ¡Viva fray Gómez! —exclamaron los infinitos espectadores.
Y en su entusiasmo intentaron llevar en triunfo al lego. Éste, para sustraerse a la popular ovación, echó a correr cansino de su convento y se encerró en su celda.
La crónica franciscana cuenta esto último de manera distinta. Dice que fray Gómez, para escapar de sus aplaudidores, se elevó en los aires y voló desde el puente hasta la torre de su convento. Yo ni lo niego ni lo afirmo. Puede que sí y puede que no. Tratándose de maravillas, no gasto tinta en defenderlas ni en refutarlas.
Aquel día estaba fray Gómez en vena de hacer milagros, pues cuando salió de su celda se encaminó a la enfermería, donde encontró a San Francisco Solano acostado sobre una tarima, víctima de una furiosa jaqueca. Pulsólo el lego y le dijo:
—Su paternidad está muy débil, y haría bien en tomar algún alimento.
—Hermano —contestó el santo—, no tengo apetito.
—Haga un esfuerzo, reverendo padre, y pase siquiera un bocado.
Y tanto insistió el refitolero, que el enfermo, por librarse de exigencias que picaban ya en majadería, ideó pedirle lo que hasta para el virrey habría sido imposible conseguir, por no ser la estación propicia para satisfacer el antojo.
—Pues mire, hermanito, sólo comería con gusto un par de pejerreyes.
Fray Gómez metió la mano dentro de la manga y presentó un par de pejerreyes tan fresquitos que parecían acabados de salir del mar.
—Aquí los tiene su paternidad, y que en salud se le conviertan. Voy a guisarlos.
 Y ello es que con los benditos pejerreyes quedó San Francisco curado como por ensalmo.
Me parece que estos dos milagritos de que incidentalmente me he ocupado no son paja picada.
Dejo en mi tintero otros muchos de nuestro lego; porque no me he propuesto relatar su vida y milagros.
Sin embargo, apuntaré, para satisfacer curiosidades exigentes, que sobre la puerta de la primera celda del pequeño claustro, que hasta hoy sirve de enfermería, hay un lienzo pintado al óleo representando estos dos milagros, con la siguiente inscripción:
«El Venerable Fray Gómez. Nació en Extremadura en 1560. Vistió el Hábito en Chuquisaca en 1580. Vino a Lima en 1587. Enfermero fue cuarenta años, ejercitando todas las virtudes, dotado de favores y dones celestiales. Fue su vida un continuado milagro. Falleció el 2 de mayo de 1631, con fama de santidad. En el año siguiente se colocó el cadáver en la capilla de Aranzazú, y en 13 de octubre de 1810 se pasó debajo del altar mayor, a la bóveda donde son sepultados los padres del convento. Presenció la traslación de los restos el señor doctor don Bartolomé María de las Heras. Se restauró este venerable retrato en 30 de noviembre de 1882, por M. Zamudio».
II
Estaba una mañana fray Gómez en su celda entregado a la meditación, cuando dieron a la puerta unos discretos golpecitos, y una voz de quejumbroso timbre dijo:
—Deo gratias… ¡Alabado sea el Señor!
—Por siempre jamás, amén. Entre, hermanito —contestó fray Gómez.
Y penetró en la humildísima celda un individuo algo desarrapado, vera efigies del hombre a quien acongojan pobrezas, pero en cuyo rostro se dejaba adivinar la proverbial honradez del castellano viejo.
Todo el mobiliario de la celda se componía de cuatro sillones de vaqueta, una mesa mugrienta, y una tarima sin colchón, sin sábanas ni abrigo, y con una piedra por cabezal o almohada.
—Tome asiento, hermano, y dígame sin rodeos lo que por acá le atrae —dijo fray Gómez.
—Es el caso, padre, que yo soy hombre de bien a carta cabal…
—Se le conoce y que persevere deseo, que así merecerá en esta vida terrena la paz de conciencia, y en la otra la bienaventuranza.
—Y es el caso que soy buhonero, que vivo cargado de familia y que mi comercio no cunde por falta de medios, que no por holgazanería y escasez de industria en mí.
—Me alegro, hermano, que a quien honradamente trabaja, Dios le acude.
—Pero es el caso; padre, que hasta ahora Dios se me hace el sordo, y en acorrerme tarda…
—No desespere, hermano, no desespere.
—Pues es el caso, que a muchas puertas he llegado en demanda de habilitación por quinientos duros, y todas las he encontrado con cerrojo y cerrojillo. Y es el caso que anoche, en mis cavilaciones, yo mismo me dije a sí mismo: «¡Ea!, Jeromo, buen ánimo y vete a pedirle el dinero a fray Gómez, que si él lo quiere, mendicante y pobre como es, medio encontrará para sacarte del apuro». Y es el caso que aquí estoy porque he venido, y a su paternidad le pido y ruego que me preste esa puchuela por seis meses, seguro que no será por mí por quien se diga:
En él mundo hay devotos
de ciertos santos:
la gratitud les dura
lo que el milagro;
que un beneficio
da siempre vida a ingratos
desconocidos.
—¿Cómo ha podido imaginarse, hijo, que en esta triste celda encontraría ese caudal?
—Es el caso, padre, que no acertaría a responderle; pero tengo fe en que no me dejará ir desconsolado.
—La fe lo salvará, hermano. Espere un momento.
Y paseando los ojos por las desnudas y blanqueadas paredes de la celda, vio un alacrán que caminaba tranquilamente sobre el marco de la ventana. Fray Gómez arrancó una página de un libro viejo, dirigióse a la ventana, cogió con delicadeza a la sabandija, la envolvió en el papel y tornándose hacia el castellano viejo le dijo:
—Tome, buen hombre, y empeñe esta alhajita; no olvide, sí, devolvérmela dentro de seis meses.
El buhonero se deshizo en frases de agradecimiento, se despidió de fray Gómez y más que de prisa se encaminó a la tienda de un usurero.
La joya era espléndida, verdadera alhaja de reina morisca, por decir lo menos. Era un prendedor figurando un alacrán. El cuerpo lo formaba una magnífica esmeralda engarzada sobre oro, y la cabeza un grueso brillante con dos rubíes por ojos.
El usurero, que era un hombre conocedor, vio la alhaja con codicia, y ofreció al necesitado adelantarle dos mil duros por ella; pero nuestro español se empeñó en no aceptar otro préstamo que el de quinientos duros por seis meses, y con un interés judaico se entiende. Extendiéronse y firmáronse los documentos o papeletas de estilo, acariciando el agiotista la esperanza de que a la postre el dueño de la prenda acudiría por más dinero que con el recargo de intereses lo convertiría en propietario de joya tan valiosa por mérito intrínseco y artístico.
Y con este capitalito fuéle tan prósperamente en su comercio, que a la terminación del plazo pudo desempeñar la prenda, y, envuelta en el mismo papel que la recibiera, se la devolvió a fray Gómez.
Éste tomó el alacrán, lo puso sobre el alféizar de la ventana, le echó una bendición y dijo:
—Animalito de Dios, sigue tu camino.

RICARDO PALMA nació en Lima en 1833. Murió en 1919. Periodista, universitario, poeta, Director de la Biblioteca Nacional de su país, debe lo esencial de su fama a la colección de Tradiciones Peruanas, que empezó a publicar a partir de 1872. A ella pertenece este relato.

Un paisaje inventado

Paisaje inventado

domingo, 18 de octubre de 2026

¿Qué mérito tendría decir la verdad?

 »Hicimos otras excursiones y al pie de la sierra encontramos un día a Ramón el carbonero. Se había casado y vivía en la aldea minera. A su mujer, que era gallega, la llamaban la Riveirana. Ramón era mi amigo más antiguo. Un galán de cara tiznada y ojos brillantes, dulce y sumiso que a veces se rebelaba contra mí en secreto.

»Javier y Ramón se miraban amistosamente, pensando: “Éste es aquél con quien peleé a puñetazos y mordiscos un día. Buena pelea. ¿Por qué no hemos de reñir otra vez con el mismo entusiasmo?”. El recuerdo parecía que les gustaba a los dos. No era hombre de odios sostenidos Javier. Ramón lo miraba casi con delectación y luego me decía a mí:

»—Desde que me casé soy otro hombre.

»Yo no veía que fuera otro hombre. Nos habló del trabajo de la mina. Estaba orgulloso de ser capataz.

»En aquellos días conocimos a algunos a quienes Javier llamaba paramoscovitas, que hacían elogios incondicionales de Rusia. Javier les decía:

»—Si sabéis que aquello es un fracaso, ¿por qué habláis de ese modo?

»Siempre había alguno que contestaba:

»—¿Qué mérito tendría decir la verdad? Lo importante es inventar la verdad.

»Javier pensaba que aquello podría ser interesante, pero la mentira no la inventaban ellos sino que se les daba inventada ya. “No sé —decía— cómo esos tíos de los Urales van a liberar la humanidad comenzando por envilecer y encadenar a los hombres”.

»Tenía yo mi paraíso en un recuerdo de infancia en el que figuraba Javier. De niña vivía yo en la misma calle que él y frente a su casa. Eran las fiestas de la ciudad —en octubre— y estábamos en nuestros balcones viendo pasar la cabalgata de todos los años. Mi presentimiento de la vida era entonces grandioso. Aquellos días yo no sentía mi cuerpo. Era yo una especie de voluntad superior encendida y alerta.

»Javier veía las contradicciones, las injusticias, los crímenes de la estupidez y estaba siempre taciturno. Yo sólo veía un camino inmenso, florido y mío. Todo para mi voluntad encendida.

»En aquellas cabalgatas de todos los años había gigantes, bandas de música y carrozas con mármoles de cartón. Delante de las carrozas abriendo la marcha iban hasta doce gigantes cuyos brazos caídos se separaban un poco al dar las vueltas cuando bailaban. Porque los gigantes bailaban delante de las casas donde vivían el gobernador, el alcalde, el obispo y otras autoridades.


Ramón J. Sender

Los cinco libros de Ariadna

Una historia de La Santa Compaña

 Una historia de La Santa Compaña

viernes, 16 de octubre de 2026

Es un criado del rey Herodes, que va hacia Fisterra,

 Tendría yo nueve o diez años cuando fui a pasar la Nochebuena al pazo de Cachán, de mis abuelos maternos. Eran unos días soleados y tibios, esos días que el cristalino sur suele traer a Miranda en vísperas del solsticio invernal. Habíamos estado en la iglesia oyendo a los niños ensayar villancicos y versos, y de regreso a casa, anocheciendo, nos habíamos detenido donde dicen Moucín, porque a un primo mío, que tenía una caja de cerillas, se le había antojado un magosto de castañas con unas que nos habían dado en una casa vecina. Hicimos la pequeña hoguera, pellizcamos las castañas, y esperamos a que se asasen en el brasero. Alguna sin pellizcar —los gallegos, en el romance nuestro, decimos anozcar o penicar—, estallaba, y aventaba brasas, encendiendo el aire con oro vivo. Ninguno de los que estábamos atentos al magosto vimos acercarse al mendigo. Yo le llamo «el mendigo» por decirlo de alguna manera. Era un tipo alto, delgado, los ojos negros muy hundidos, la barba entrecana de dos semanas por lo menos, abrigado con un largo gabán verde y calzado con zuecos de media caña. Sin decir palabra se metió entre nosotros y tendió las manos al calor del magosto. Llevaba en bandolera una gran cartera roja, y el sombrero con que se cubría levantaba la ancha ala sobre la frente. Le dimos las buenas tardes y no contestó. Sacamos las primeras castañas y le ofrecimos. Tomó una, quitó la cáscara quemada, y la masticó despacio, paseándola por la boca, que debía quemarle. Bailó un poco sobre los pies, que los traería fríos, y nos miró con gran atención, uno a uno. Se pasó el dorso de la mano por la boca.
—¿Sois cristianos? —preguntó.
La voz la tenía ronca y el acento no era del país, ni tampoco de las Castillas. Le respondimos que sí, y Pedro de Noceda, que era seminarista en Mondoñedo, de los de ropón corto y beca colorada, y estaba de vacaciones, se santiguó, y lo imitamos.
—Esta noche nace en Belén —dijo el desconocido, más para sí que para nosotros.
Y levantando el cuello del raído gabán verde, echó a andar por el sendero que lleva al empalme del Marco del Álvarez, que es un descampado frío, en el que, desde octubre a junio, hay grandes charcos en los que se espeja el abedul y bebe la becada.
Yo le conté aquel encuentro, horas después, a un viejo criado de casa, Benito Anido, que fue, sin duda, el maestro que primero acarició mi imaginación, y era una feliz antología de romances, que decía muy bien, de Carlomagno y de Delgadiña, de don Tristán… Benito se me quedó mirando y me preguntó si no caía en quién era aquel vagabundo taciturno de la cartera roja. Tuve que responder que no. Benito cogió la humeante taza de la ritual compota de pera y tinto y se acercó a la ventana.
—¿No caes?
—No.
Limpió el empañado cristal y echó una mirada a la noche.
—Pues es bien conocido, y todos los años pasa. Es un criado del rey Herodes, que va hacia Fisterra, y en la cartera roja lleva en papel sellado la orden de que hay que degollar los Inocentes el día veintiocho, al alba.
Benito bebió la compota, posó la taza y pasándome un brazo por los hombros me dijo confidente:
—¡Viste lo que les es dado ver a pocos!
Siempre que voy a Riotorto y me acerco a Moucín, me acuerdo del correo del rey Herodes, que verdaderamente lo he visto al pie de nuestro magosto infantil y marchar por el atajo del Marco camino de Fisterra, portador de la terrible orden. Creo verdaderamente que lo era, y todo este siglo nuestro, tan rico y grande por una parte, y tan desesperadamente loco y sangriento por otra, me confirma con sus días oscuros que el correo de Herodes pasó y pasa, verdaderamente, por los caminos de mi país, camino del cabo final, con el decreto infanticida en la cartera. 

Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

La felicidad de vivir con la Naturaleza

 La felicidad de vivir con la Naturaleza, facsímil de El Diario de Edith Holden de 1906

jueves, 15 de octubre de 2026

Las benditas ánimas

 Las benditas ánimas

Ya apenas se habla de la Santa Campaña en Galicia, en las aldeas de las montañas y de los valles, o en las de la ribera del océano. Últimamente, nadie ha visto la lenta y rumorosa procesión, a través del bosque, que por los estrechos senderos entre maizales, vadeando un río en un atardecer brumoso. También parece que esas procesiones de difuntos, de ánimas en pena, ya no se vean en Bretaña. El maestro Jung vio una, a la anochecida, en su país natal. No todos van a ser labriegos iletrados los que vean marchar las filas penitentes.

—O que pasa —me dice un paisano mío—, é que xa non hai diñeiro!

¿Qué tendrá que ver el dinero con la Santa Compaña? No me quiere explicar más. Yo recuerdo aquello de Le Braz en su Légende de la Mort en Basse-Bretagne, de que hay noventa y nueve tabernas en el camino de la tierra al Paraíso, y que es preciso a las almas hacer una estación en cada una; cuando no se tiene dinero para pagar, hay que retroceder, es decir, ir marcha atrás hacia el Infierno. ¿De dónde les vendrá el dinero a las ánimas? ¿De las limosnas que se dan en su favor? ¿De las que dieron en vida? ¿Era esto lo que quería decir mi amigo, afirmando que ya no había dinero? ¿La Santa Compaña entrará en las noventa y nueve tabernas citadas?

La Braz dice que la taberna a mitad de camino entre la tierra y el Paraíso se llama Bitêklê. El Buen Dios llega de paseo todos los sábados, a última hora de la tarde, y conduce con Él al Paraíso a aquellos que no están demasiado borrachos.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

Niños jugando en la calle

Tembleque. Toledo. 17