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sábado, 31 de octubre de 2026
El alacrán de fray Gómez
Fray Gómez hizo en mi tierra milagros a mantas, sin darse cuenta de ellos y como quien no quiere la cosa. Era de suyo milagrero, como aquel que hablaba en prosa sin sospecharlo.
Sucedió que un día iba el lego por el puente, cuando un caballo desbocado arrojó sobre las losas al jinete. El infeliz quedó patitieso, con la cabeza hecha una criba y arrojando sangre por boca y narices.
—¡Se descalabró! ¡Se descalabró! —gritaba la gente—. ¡Qué vayan a San Lorenzo por el santo óleo! —Y todo era bullicio y alharaca.
Fray Gómez acercóse pausadamente al que yacía en tierra, púsole sobre la boca el cordón de su hábito, echóle tres bendiciones, y sin más médico ni más botica el descalabrado se levantó tan fresco, como si el golpe no hubiera recibido.
—¡Milagro, milagro! ¡Viva fray Gómez! —exclamaron los infinitos espectadores.
Y en su entusiasmo intentaron llevar en triunfo al lego. Éste, para sustraerse a la popular ovación, echó a correr cansino de su convento y se encerró en su celda.
La crónica franciscana cuenta esto último de manera distinta. Dice que fray Gómez, para escapar de sus aplaudidores, se elevó en los aires y voló desde el puente hasta la torre de su convento. Yo ni lo niego ni lo afirmo. Puede que sí y puede que no. Tratándose de maravillas, no gasto tinta en defenderlas ni en refutarlas.
Aquel día estaba fray Gómez en vena de hacer milagros, pues cuando salió de su celda se encaminó a la enfermería, donde encontró a San Francisco Solano acostado sobre una tarima, víctima de una furiosa jaqueca. Pulsólo el lego y le dijo:
—Su paternidad está muy débil, y haría bien en tomar algún alimento.
—Hermano —contestó el santo—, no tengo apetito.
—Haga un esfuerzo, reverendo padre, y pase siquiera un bocado.
Y tanto insistió el refitolero, que el enfermo, por librarse de exigencias que picaban ya en majadería, ideó pedirle lo que hasta para el virrey habría sido imposible conseguir, por no ser la estación propicia para satisfacer el antojo.
—Pues mire, hermanito, sólo comería con gusto un par de pejerreyes.
Fray Gómez metió la mano dentro de la manga y presentó un par de pejerreyes tan fresquitos que parecían acabados de salir del mar.
—Aquí los tiene su paternidad, y que en salud se le conviertan. Voy a guisarlos.
Me parece que estos dos milagritos de que incidentalmente me he ocupado no son paja picada.
Dejo en mi tintero otros muchos de nuestro lego; porque no me he propuesto relatar su vida y milagros.
Sin embargo, apuntaré, para satisfacer curiosidades exigentes, que sobre la puerta de la primera celda del pequeño claustro, que hasta hoy sirve de enfermería, hay un lienzo pintado al óleo representando estos dos milagros, con la siguiente inscripción:
«El Venerable Fray Gómez. Nació en Extremadura en 1560. Vistió el Hábito en Chuquisaca en 1580. Vino a Lima en 1587. Enfermero fue cuarenta años, ejercitando todas las virtudes, dotado de favores y dones celestiales. Fue su vida un continuado milagro. Falleció el 2 de mayo de 1631, con fama de santidad. En el año siguiente se colocó el cadáver en la capilla de Aranzazú, y en 13 de octubre de 1810 se pasó debajo del altar mayor, a la bóveda donde son sepultados los padres del convento. Presenció la traslación de los restos el señor doctor don Bartolomé María de las Heras. Se restauró este venerable retrato en 30 de noviembre de 1882, por M. Zamudio».
—Deo gratias… ¡Alabado sea el Señor!
—Por siempre jamás, amén. Entre, hermanito —contestó fray Gómez.
Y penetró en la humildísima celda un individuo algo desarrapado, vera efigies del hombre a quien acongojan pobrezas, pero en cuyo rostro se dejaba adivinar la proverbial honradez del castellano viejo.
Todo el mobiliario de la celda se componía de cuatro sillones de vaqueta, una mesa mugrienta, y una tarima sin colchón, sin sábanas ni abrigo, y con una piedra por cabezal o almohada.
—Tome asiento, hermano, y dígame sin rodeos lo que por acá le atrae —dijo fray Gómez.
—Es el caso, padre, que yo soy hombre de bien a carta cabal…
—Se le conoce y que persevere deseo, que así merecerá en esta vida terrena la paz de conciencia, y en la otra la bienaventuranza.
—Y es el caso que soy buhonero, que vivo cargado de familia y que mi comercio no cunde por falta de medios, que no por holgazanería y escasez de industria en mí.
—Me alegro, hermano, que a quien honradamente trabaja, Dios le acude.
—Pero es el caso; padre, que hasta ahora Dios se me hace el sordo, y en acorrerme tarda…
—No desespere, hermano, no desespere.
—Pues es el caso, que a muchas puertas he llegado en demanda de habilitación por quinientos duros, y todas las he encontrado con cerrojo y cerrojillo. Y es el caso que anoche, en mis cavilaciones, yo mismo me dije a sí mismo: «¡Ea!, Jeromo, buen ánimo y vete a pedirle el dinero a fray Gómez, que si él lo quiere, mendicante y pobre como es, medio encontrará para sacarte del apuro». Y es el caso que aquí estoy porque he venido, y a su paternidad le pido y ruego que me preste esa puchuela por seis meses, seguro que no será por mí por quien se diga:
—Es el caso, padre, que no acertaría a responderle; pero tengo fe en que no me dejará ir desconsolado.
—La fe lo salvará, hermano. Espere un momento.
Y paseando los ojos por las desnudas y blanqueadas paredes de la celda, vio un alacrán que caminaba tranquilamente sobre el marco de la ventana. Fray Gómez arrancó una página de un libro viejo, dirigióse a la ventana, cogió con delicadeza a la sabandija, la envolvió en el papel y tornándose hacia el castellano viejo le dijo:
—Tome, buen hombre, y empeñe esta alhajita; no olvide, sí, devolvérmela dentro de seis meses.
El buhonero se deshizo en frases de agradecimiento, se despidió de fray Gómez y más que de prisa se encaminó a la tienda de un usurero.
La joya era espléndida, verdadera alhaja de reina morisca, por decir lo menos. Era un prendedor figurando un alacrán. El cuerpo lo formaba una magnífica esmeralda engarzada sobre oro, y la cabeza un grueso brillante con dos rubíes por ojos.
El usurero, que era un hombre conocedor, vio la alhaja con codicia, y ofreció al necesitado adelantarle dos mil duros por ella; pero nuestro español se empeñó en no aceptar otro préstamo que el de quinientos duros por seis meses, y con un interés judaico se entiende. Extendiéronse y firmáronse los documentos o papeletas de estilo, acariciando el agiotista la esperanza de que a la postre el dueño de la prenda acudiría por más dinero que con el recargo de intereses lo convertiría en propietario de joya tan valiosa por mérito intrínseco y artístico.
Y con este capitalito fuéle tan prósperamente en su comercio, que a la terminación del plazo pudo desempeñar la prenda, y, envuelta en el mismo papel que la recibiera, se la devolvió a fray Gómez.
Éste tomó el alacrán, lo puso sobre el alféizar de la ventana, le echó una bendición y dijo:
—Animalito de Dios, sigue tu camino.
viernes, 30 de octubre de 2026
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domingo, 18 de octubre de 2026
¿Qué mérito tendría decir la verdad?
»Hicimos otras excursiones y al pie de la sierra encontramos un día a Ramón el carbonero. Se había casado y vivía en la aldea minera. A su mujer, que era gallega, la llamaban la Riveirana. Ramón era mi amigo más antiguo. Un galán de cara tiznada y ojos brillantes, dulce y sumiso que a veces se rebelaba contra mí en secreto.
»Javier y Ramón se miraban amistosamente, pensando: “Éste es aquél con quien peleé a puñetazos y mordiscos un día. Buena pelea. ¿Por qué no hemos de reñir otra vez con el mismo entusiasmo?”. El recuerdo parecía que les gustaba a los dos. No era hombre de odios sostenidos Javier. Ramón lo miraba casi con delectación y luego me decía a mí:
»—Desde que me casé soy otro hombre.
»Yo no veía que fuera otro hombre. Nos habló del trabajo de la mina. Estaba orgulloso de ser capataz.
»En aquellos días conocimos a algunos a quienes Javier llamaba paramoscovitas, que hacían elogios incondicionales de Rusia. Javier les decía:
»—Si sabéis que aquello es un fracaso, ¿por qué habláis de ese modo?
»Siempre había alguno que contestaba:
»—¿Qué mérito tendría decir la verdad? Lo importante es inventar la verdad.
»Javier pensaba que aquello podría ser interesante, pero la mentira no la inventaban ellos sino que se les daba inventada ya. “No sé —decía— cómo esos tíos de los Urales van a liberar la humanidad comenzando por envilecer y encadenar a los hombres”.
»Tenía yo mi paraíso en un recuerdo de infancia en el que figuraba Javier. De niña vivía yo en la misma calle que él y frente a su casa. Eran las fiestas de la ciudad —en octubre— y estábamos en nuestros balcones viendo pasar la cabalgata de todos los años. Mi presentimiento de la vida era entonces grandioso. Aquellos días yo no sentía mi cuerpo. Era yo una especie de voluntad superior encendida y alerta.
»Javier veía las contradicciones, las injusticias, los crímenes de la estupidez y estaba siempre taciturno. Yo sólo veía un camino inmenso, florido y mío. Todo para mi voluntad encendida.
»En aquellas cabalgatas de todos los años había gigantes, bandas de música y carrozas con mármoles de cartón. Delante de las carrozas abriendo la marcha iban hasta doce gigantes cuyos brazos caídos se separaban un poco al dar las vueltas cuando bailaban. Porque los gigantes bailaban delante de las casas donde vivían el gobernador, el alcalde, el obispo y otras autoridades.
Ramón J. Sender
Los cinco libros de Ariadna
sábado, 17 de octubre de 2026
viernes, 16 de octubre de 2026
Es un criado del rey Herodes, que va hacia Fisterra,
Álvaro Cunqueiro
El laberinto habitado
jueves, 15 de octubre de 2026
Las benditas ánimas
Las benditas ánimas
Ya apenas se habla de la Santa Campaña en Galicia, en las aldeas de las montañas y de los valles, o en las de la ribera del océano. Últimamente, nadie ha visto la lenta y rumorosa procesión, a través del bosque, que por los estrechos senderos entre maizales, vadeando un río en un atardecer brumoso. También parece que esas procesiones de difuntos, de ánimas en pena, ya no se vean en Bretaña. El maestro Jung vio una, a la anochecida, en su país natal. No todos van a ser labriegos iletrados los que vean marchar las filas penitentes.
—O que pasa —me dice un paisano mío—, é que xa non hai diñeiro!
¿Qué tendrá que ver el dinero con la Santa Compaña? No me quiere explicar más. Yo recuerdo aquello de Le Braz en su Légende de la Mort en Basse-Bretagne, de que hay noventa y nueve tabernas en el camino de la tierra al Paraíso, y que es preciso a las almas hacer una estación en cada una; cuando no se tiene dinero para pagar, hay que retroceder, es decir, ir marcha atrás hacia el Infierno. ¿De dónde les vendrá el dinero a las ánimas? ¿De las limosnas que se dan en su favor? ¿De las que dieron en vida? ¿Era esto lo que quería decir mi amigo, afirmando que ya no había dinero? ¿La Santa Compaña entrará en las noventa y nueve tabernas citadas?
La Braz dice que la taberna a mitad de camino entre la tierra y el Paraíso se llama Bitêklê. El Buen Dios llega de paseo todos los sábados, a última hora de la tarde, y conduce con Él al Paraíso a aquellos que no están demasiado borrachos.
Álvaro Cunqueiro
El laberinto habitado
miércoles, 14 de octubre de 2026
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3. EL AGUINALDO
3. EL AGUINALDO
Esto eran unos niños muy muy pobres que en la víspera del día de Reyes iban caminando por un monte y, como era invierno, en seguida se hizo de noche, pero los pobrecitos seguían andando. Entonces se encontraron con una señora que les dijo:
—¿Adónde vais tan de noche, que está helando? ¿No os dais cuenta de que os vais a morir de frío?
Y los niños le contestaron:
—Vamos a esperar a los Reyes, a ver si nos dan aguinaldo.
Y la señora del bosque, que era muy hermosa, les dijo:
—Y ¿qué necesidad teníais de alejaros tanto de vuestra casa? Para esperar a los Reyes sólo habéis de poner vuestros zapatitos en el balcón y después acostaros tranquilamente en vuestras camitas.
A lo que los niños contestaron:
—Es que nosotros no tenemos zapatos, y en nuestra casa no hay balcón, y no tenemos camita sino un montón de paja… Además el año pasado pusimos nuestras alpargatas en la ventana, pero se ve que los Reyes no las vieron porque no nos dejaron nada.
Así que la señora del bosque se sentó en un tronco que había en el suelo y miró a los pequeños, que la contemplaban ateridos sin saber qué hacer; y ella les preguntó que si querían llevar una carta a un palacio y los niños le dijeron que sí que se la llevarían; entonces ella buscó en una bolsa que llevaba colgada de la cintura y sacó un gran sobre sellado que contenía la carta.
—Pues ésta es la carta —dijo, y se la dio.
Luego les explicó cómo tenían que hacer para encontrar el palacio y que el camino era peligroso porque tendrían que pasar ríos que estaban encantados y atravesar bosques que estaban llenos de fieras.
—Los ríos los pasaréis poniéndoos de pie en la carta y la misma carta os llevará a la otra orilla; y para atravesar los bosques, tomad todos estos pedazos de carne que os doy y, cuando os encontréis con alguna fiera, echadle un pedazo, que os dejará pasar. Y en la puerta del palacio encontraréis una culebra, pero no tengáis miedo: echadle este panecillo que os doy y no os hará nada.
Y los pobrecitos cogieron la carta, la carne y el pan y se despidieron de la señora del bosque.
Conque siguieron su camino y, al poco rato, llegaron a un río de leche, después a un río de miel, después a un río de vino, después a un río de aceite y después a un río de vinagre. Todos los ríos eran muy anchos y ellos eran tan pequeños que les dio miedo no poder cruzarlos, pero hicieron como ella les dijo: echaron la carta al río, se subieron encima de ella y la carta les condujo siempre a la otra orilla.
Cuando terminaron de cruzar los ríos empezaron a encontrar bosques y bosques, a cual más frondoso y oscuro, donde les salían fieras que parecía que los iban a devorar. Unas veces eran lobos, otras tigres, otras leones, todos prestos a devorarlos, pero en cuanto les echaban uno de los pedazos de carne que la señora del bosque les había dado, las fieras los cogían con sus bocas y desaparecían en lo hondo del bosque, dejándolos continuar su camino.
Hasta que por fin, cuando ya había caído la noche, vieron a lo lejos el palacio y corrieron hacia él. Pero delante del palacio había una enorme culebra negra que, apenas los vio, se levantó sobre su cola amenazando con comérselos vivos con su inmensa boca; pero los niños le echaron el panecillo y la culebra no les hizo nada y los dejó pasar. Entraron los niños en el palacio y en seguida salió a recibirlos un criado negro, vestido de colorado y de verde, con muchos cascabeles que sonaban al andar; entonces los niños le entregaron la carta y el criado negro, al verla, empezó a dar saltos de alegría y fue a llevársela en una bandeja de plata a su señor.
El señor era un príncipe que estaba encantado en aquel palacio y en cuanto cogió la carta se desencantó; así es que ordenó a su criado que le trajera inmediatamente a los niños y les dijo:
—Yo soy un príncipe que estaba encantado y vuestra carta me ha librado del encantamiento, así que venid conmigo.
Y los llevó a una gran sala donde había quesos de todas clases, y requesón, y jamón en dulce, y miles de golosinas más, para que comieran todo lo que quisieran. Después los llevó a otra sala y en ésta había huevo hilado, yemas de coco, peladillas, pasteles de muchas clases y miles de confituras más, para que comieran lo que quisieran. Y después los llevó a otra sala donde había caballos de cartón, escopetas, sables, aros, muñecas, tambores y miles de juguetes más, para que cogieran los que quisieran. Y después de todo eso, y de besarlos y abrazarlos, les dijo:
—¿Veis este palacio y estos jardines y estos coches con sus caballos? Pues todo es para vosotros porque éste es vuestro aguinaldo de Reyes. Y ahora vamos en uno de estos coches a buscar a vuestros padres para que se vengan a vivir con nosotros.
Los criados engancharon un lujoso coche y se fue el príncipe con los niños a buscar a sus padres. Y ya todo el camino era una carretera muy ancha y muy bien cuidada y los ríos y los bosques y las fieras habían desaparecido. Y luego volvieron todos muy contentos al palacio y vivieron muy felices.
Título original: Cuentos populares españoles
Anónimo, 1996
Edición y prólogo: José María Guelbenzu











































